Un cateto otaku en el país del sol naciente (XI): Richaado no kamikakushi. El viaje de Richaado.

29 octubre 2015

Después de tardar treinta minutos más en la vuelta que en la ida, tuve la mala fortuna de llegar a Kyoto cuando se había ido recientemente el anterior Shinkansen con destino Tokyo. El siguiente no sería hasta media hora más tarde, a cuyo andén llegué con facilidad y presteza. Cuando arribo a Tokyo ya han pasado cinco horas desde que cogí el primer tren, y me falta coger un último con destino Narita, la ciudad que alberga el aeropuerto internacional del que despegaré al día siguiente a las once y cuarenta de la mañana. Sigo las indicaciones que me dirigen hacia el tren que me llevará a Narita, encontrándolo semi vacío y esperando a la hora de partida -que no sé cuál es-. Llevando la maleta rodante conmigo, y junto a dos señoritas, que han dejado un hueco entre ellas para sentarse, no me lo pienso y aposento mi robusto cuerpo de oso gaijin, con el mayor cuidado de no rozarlas más de lo necesario, mientras la maleta corona encima de mí en una repisa metálica.

El vagón se va llenando poco a poco, me siento incómodo porque los asientos japoneses no están hechos para occidentales como yo y, pese a que me encojo, no puedo evitar rozar a mis viajeras adyacentes, dando ellas repullos pequeñitos en el proceso. El vagón empieza a estar algo repleto y una idea me cruza de pronto la cabeza: ¿y si me he equivocado de tren? Justo en ese momento se cierran las puertas y el tren arranca. Comienzo a sudar tinta, y a buscar frenéticamente en el gps del móvil el nombre de la siguiente estación: Shin-Nihonbashi. En mi ofuscación no caigo en que el conductor del tren dice algo de “Tokyo a Kimitsu“, y yo sigo mirando cual es la siguiente estación, a ver en qué línea viaja este tren. Cuando por fin parece que tengo localizada la línea, caigo en que voy a Kimitsu

La bahía de Tokyo tiene forma de herradura, donde su puerto se encuentra en el lateral oeste de ésta, y Kimitsu se halla en el otro extremo de la herradura, al sureste. Unos ochenta kilómetros de tren japonés, lleno hasta arriba de nipones que aberran el contacto físico, y yo con mi maleta gigante en la repisa superior… El avance del tren en los altavoces y en el gps de mi móvil concuerdan, así que solo me toca elegir donde he de apearme para encontrar un tren que me lleve a Narita. Afortunadamente parece que eh Chiba hay un desdoble de la línea: hacia el sureste a Kimitsu, y hacia el noroeste a Narita. Cuando en los paneles y megafonía se anuncia que la siguiente parada es Chiba, veo el cielo abierto, y empiezo a dar gracias a todos los dioses. Me apeo allí y busco en los carteles mi destino final: Narita.

No tarda en aparecer el Narita’Ex, un tren expreso que parte desde la estación de Shinjuku y, pasando por la de Tokyo central, tiene apenas seis paradas, una de ellas en Chiba, y la antepenúltima en Narita. Pero eso lo sabré más tarde, porque al pararse el tren se bajan el conductor y el revisor. Aquí volveré a experimentar la extraña satisfacción impotente que produce hablarle a un japonés en su idioma y que te mire como si le hablaras en alemán. Le pregunto en un japonés perfectamente entendible: “¿Este tren para en la estación de Narita?”. El pobre hombre pone cara de no enterarse ni de que hablo en su idioma, no digamos el contenido de la frase. He de repetir dos veces: “estación de Narita”. Por fin, parece que se le ilumina algo y entiende lo que le pregunto: “Narita, sí, sí, por favor”. En fin…

En un trayecto igual de largo que el anterior, pero infinitamente menos estresante, llego por fin a Narita y marcho en dirección al hotel. El hotel tiene un aspecto mucho más occidental de los que he tenido la oportunidad de visitar. Los recepcionistas hablan también inglés y se puede comunicar con ellos. Llevo cerca de siete horas de trenes y esperas en el cuerpo, un aperitivo para lo que me espera mañana, así que llego a la habitación, cargo de electricidad toda la quincalla electrónica que porto, y me meto en la ducha que, tras el lavado de rigor, convierto en ofuro, para relajamiento correspondiente.

A estas alturas mi móvil se bloquea… He de decir que el móvil lo necesito pues es mi tarjeta de embarque del primer vuelo, y mi manera de obtener la tarjeta de embarque del vuelo que me llevará de Copenhage a Málaga. Afortunadamente para mí, con el portátil investigo un poco en internet y me da la clave para desbloquear el condenado aparato. Despacho un poco con los nacionales de aquí, organizo la maleta y me acuesto, pues a las ocho menos veinte tengo que saltar, asearme algo, y salir en el autobús que me llevará a la terminal 1 del aeropuerto de Narita.

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Un cateto otaku en el país del sol naciente (X): Nara, el gran gran templo, y su ejército de cuatro patas.

29 octubre 2015

Es mi último día en Kyoto y me despierto a la hora acostumbrada -para un occidental, un japonés medio lleva trajinando cerca de hora y media. Gente civilizada, gente civilizada-. Tengo todo listo y preparado para, una vez devorar mi desayuno buffet libre occidental del hostel, salir disparado a la próxima visita, casi obligada en un primer viaje a Japón, si has recalado más de dos días en Kyoto: Nara, y su gran gran templo.

Desayuno sin prisa, pero sin pausa, y abandono el albergue, con todas las ceremonias requeridas para dejarlo sin incurrir en una multa de mil yenes. Con la maleta a cuestas, me dirijo a la estación de tren central de Kyoto para tomar el expreso a Nara, previo guardado de la maleta en alguna de las taquillas a tal efecto. Empezamos bien, la única taquilla que puede albergar mi muerto con ruedas cuesta 700 yenes. Este negocio no me renta, así que me lío la manta a la cabeza, y opto por llevar el bulto rodante conmigo el resto del día -inocente que soy, se nota que es buena mañana y estoy pletórico de energía-. Nara se encuentra a unos 40 minutos, en tren semidirecto, al sur de Kyoto, por lo que decido reservar un asiento en el tren que salga más pronto hacia allá. Eso requiere que haga una cola en la oficina JR de la estación de tren. Tras esperar quince preciosos minutos, la vendedora que me toca en ese momento me explica, también en un inglés más que decente, que para los trenes hacia Nara no es necesario reservar billete, tan solo mostrar el “pase dorado”.

Con esta información, salgo disparado en la dirección que me van indicando los carteles rotulados en japonés e inglés -poco a poco, este país se abre- y alcanzo el andén correspondiente. Me subo al expreso y compruebo con cierto trastorno que me va a tocar hacer todo el viaje de pie. Suben y bajan personas del vagón en las cinco o seis escasas paradas que hay entre Kyoto y Nara, lo que potencia el recuerdo y añoranza de las líneas de tren tokyotas. Qué rápido se acostumbra uno a lo bueno y a las bondades del “pase dorado”. Apenas cuarenta y cinco minutos más tarde, desembarco en Nara.

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Al dejar la estación por su salida este, encuentro a un grupo de personas rodeando a unos críos con banderolas de cinco colores, siendo ondeadas por aquellos, y música y voces de coros en altavoces enormes, en lo que parece ser algún tipo de festividad local en honor a su ejército de cuatro patas. Felizmente, en un edificio conjunto, existe un servicio de consigna muy amablemente atendido por lo que parece ser una oficina de turismo oficial del municipio de Nara. Amablemente atendido por una señorita en inglés, me dirige a un empleado que me habla todo el tiempo en japonés -dualidad, el espíritu de Japón- y me recoge el muerto. Libre de peso, voy raudo y ligero adelantando a la riada de turistas que caminan sentido oriente hacia el Toudaiji.

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No sin pasar antes por el Parque de Nara -me equivoqué buscando el Toudaiji, pero ya que estamos…-, y su fiel bambi guardián: el ciervo. O debería decir su ejército de ciervos. Nara es conocida por su templo, y por el ciervo. Hay manadas de ellos plagando cualquier zona cubierta de verde pública. Están tan acostumbrados a los turistas que se dejan acariciar y buscan la alimentación por parte de los mismos, alimentación que se compone, principalmente, de galleta de ciervo.

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Esto es parte de un paquetito de diez galletas, vendidas por 150 yenes, en cualquiera de los puestecillos que proliferan en los alrededores del parque de Nara, y del Todaiji. Los ciervos están tan acostumbrados a la alimentación humana que, cuando creen que les vas a echar de comer, antes se inclinan como si fueran japoneses, agradeciendo de antemano el obsequio. Es digno de ver como se arremolinan o enfrentan -muy delicadamente, eso sí- entre ellos, para poder recibir la, o las, golosina -los condenados son insistentes-. No dejan de ser animales salvajes y, de vez en cuando, proceden a dar algún que otro empujón a un pobre turista que no sabe qué hacer con el bicho de 40 kilos y 80 centímetros de alto -los machos tienen los cuernos serrados, por eso no hay que preocuparse-. Tras pasear plácidamente por el parque de Nara y ver los colores del incipiente otoño en sus diferentes árboles, me encamino hacia lo que me ha traído hasta aquí: el gran gran templo.

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El Todaiji, o gran templo del este, es el principal atractivo turístico de Nara. Y no es para menos, es el templo budista más grande de todo Japón, y he llegado a oir que el edificio de madera más grande del mundo. En su interior alberga una estatua de Budha tamaño enorme, flanqueado por otros dos budhas dorados que no le van a la zaga. Helos aquí:

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El Budha más grande, debe de tener unos 15 metros de altura, los que le flanquean unos 11 metros, a ojo de buen cubero. Las dos representaciones de dioses que se encuentran en el recinto, posiblemente alcancen los 7 metros de altura. Es todo hercúleo, magnificente. A la imagen que se encuentra inmediatamente encima de este párrafo, se le suponen ciertos poderes limpiadores, de tal manera que, dice la leyenda, si la tocas, y después te tocas una parte del cuerpo, esta quedará limpia de malos espíritus. En el interior del Toudaiji, hay un pilar que en su base tiene una abertura por la que pueden pasar niños y hasta mujeres de constitución ligera. Algo debe de representar benigno, porque hay muchos que intentan pasar solos, o con ayuda, atravesando el agujero. Desgraciadamente he de desistir en mi caso, solo con la cabeza ya es imposible introducirla por el hueco.

Salgo más lento que rápido del recinto -hay turistas a patadas, algunos de ellos pertrechados con el símbolo de la “religión del gilipollas”- y me encamino de vuelta a la estación de tren, abandonando el gran gran templo, y a su ejército de cérvidos.

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La foto que adorna el previo de este párrafo es para identificar que, pese a todo, hay esperanza en el corazón del nipón estándar, y que en público también hay contacto físico entre compañeros. Al fondo se puede ver a un grupo de cuatro estudiantes femeninas de instituto durmiendo, apiñadas las unas sobre las otras- en el tren regular que tomé de vuelta a Kyoto-. Recordad, si podéis coger un expreso, cogedlo… Este sería el primero, de una serie de errores y malas elecciones, que me conducirían, más mal que bien, hacia mi último hotel, y mi encierro en la habitación, totalmente derrengado, contando las -malhadadas- horas para regresar a nuestra vieja piel de toro.

Mañana: la desaparición espiritual de Richaado.

El número del día de hoy es: el 3.

¿Sabías qué…?

  • ¿…hay tal cantidad de ciervos en Nara, y están tan repartidos, que existen hasta señales de tráfico que avisan de su presencia, obligando a extremar las precauciones para evitar atropellarlos, cuando aquellos cruzan las vías?

Un cateto otaku en en país del sol naciente (IX): Toma templo. Kyoto este.

20 octubre 2015

En el bar del hostel estoy rodeado de yanquis. El yanqui parece que tiene que hablar a voz en grito, pasárselo de puta madre por imperativo de la bandera, y reir una barbaridad: “soy yanqui, mi polla es la que manda, el dólar es la repera embadurnada en grasa animal, y si me falta algo, imprimo más pasta”. Bueno, al menos no son masas, pero sí ruidosos. Me gustaría verlos dentro de un rato cuando salgan a la calle a hacer el cafre en un barrio residencial.

Me ha despertado una mañana neblinosa, fresquita, pero con la promesa de una jornada nueva de calor y tostado a fuego lento. Al menos la espera entre el abrir de ojos y el llenado de depósito de combustible, vía buffet, es más corta. Anoche llegó un nuevo inquilino a la habitación, un australiano jovencito que parece viajar solo y se lo está pasando pipa. El jodío no sabe nada de japonés, ni maldita la falta que le hace, pero me contó algo que me dejó patédefuá. El mercado de pescado de Tsukiji tiene una cosa que le hace especialmente atractivo: la subasta de pescado. Se subastan las capturas del día en dos tandas, a las 5:10 de la mañana y una segunda a las 6:00. Solo se aceptan 60 personas para cada tanda, y para apuntarse la única manera es ir antes de la subasta al centro de información del mercado, y apuntarse en una lista. Este chaval me contó que llegó a las tres de la madrugada, y le echaron para atrás porque la lista ya estaba cubierta… Menos mal que no me desperté a las 4.00 para coger el primer tren.

Tan pronto como acabé mis tareas matutinas, a las 9.10, marché en dirección al Higashiyamagonjan, sitio popular de la guía “turistas a patadas”, una zona repleta de mini templos, y un complejo de belleza incomparable. Helo aquí.IMG_20151020_102651 IMG_20151020_103443 IMG_20151020_102923 IMG_20151020_103101

El ambiente general del Ginkakuji, las fotos que hay más arriba, son de una tranquilidad y de una armonía que no vas a encontrar en muchos sitios. Solo se echa en falta que es muy pequeño, pero no se puede describir con palabras la paz que emana el lugar. En todos los aspectos. Sintiéndolo mucho, he de dejar el lugar y encaminarme a otro punto de visita obligada si has estado en el Ginkakuji: el paseo del filósofo. IMG_20151020_105256IMG_20151020_105326El paseo del filósofo es un pequeño camino de una o dos filas de baldosas que bordea un riachuelo en el que se crían carpas, mariposas, libelulas, pequeños bichines verdes, y arañas. Es una cosa curiosa la de las arañas, plagan cualquier lugar en el que puedan poner una telaraña, da igual que sea paso habitual de humanos. Nadie las molesta. Y pueden crear unas telarañas francamentge grandes, con ellas en el centro majestuosamente controladoras de su pequeño imperio, rodeadas de sus víctimas y los sacos de su prole.

Además, el paseo del filósofo está punteado a izquierda y derecha de templos, tanto del shinto como budistas, solo hace falta elegir cual, desviarse unos pocos metros, y visitarlo. Dejo aquí una selección de diversas fotos sin orden ni concierto.IMG_20151020_113207IMG_20151020_111335IMG_20151020_111031IMG_20151020_113230IMG_20151020_111451IMG_20151020_112139IMG_20151020_112907Son muchos templos, y las diferencias o peculiaridades de los mismos no las puedo detectar a primera vista. Algunos del shinto, otros budistas, o bien aparecer en medio de un cementerio. Todo ello pulcramente cuidado y conservado, intacto a la voracidad del constructor, del comerciante, del político. Cuando hay voluntad de civilización, se puede doblegar hasta la avaricia humana. Paseo y paseo por el camino del filósofo, recreándome en el sonido del agua, dejando pasar a otros caminantes o ciclistas, saludando en respuesta con la cabeza a los agradecimientos hechos con una leve inclinación. Esto te japonesiza, y no sé si es bueno, o malo. Yo creo que es bueno. Las mezclas suelen ser buenas. Se acaba el camino del filósofo y me dirijo a mi siguiente PIR.

IMG_20151020_125234El altar de Heian. Otro complejo budista, este bastante enorme. Una puerta de entrada, sendos edificios de residencia o administrativos, un pequeño altar para lavarse las manos antes de entrar en el templo propiamente dicho, y éste, con su escalera gigante, su lugar de culto, y cuatro omikoshis siendo atendidos por varios fieles. Lo del color naranja no lo termino de entender, debe de tener algún significado importande para el budismo, pienso mientras veo a una asistente con pantalón naranja y camisa blanca japonesas… ¿Y si le pregunto? Mi japonés no es tan bueno. Marcho en dirección al último Punto de Interés Richardístico de la ruta: el templo Kurodani. Pero antes…

IMG_20151020_132153 IMG_20151020_132233Estábamos todos equivocados, nos han tenido engañados todo este tiempo los malditos chinos con su gato de la patita que saluda y demás. No, amigos, no. No existe el gato de la suerte. Es el conejo de la suerte. El conejo. Ahora sé la verdad, y tengo que expandirla por el mundo. Es el altar de Okazaki, y estoy convencido de que la autoridad internacional del gato de la suerte tiene oculta su existencia para que no sepamos la oscura y cruel verdad: el gato de la suerte es una filfa, y le ha robado su merecido protagonismo al conejo de la suerte… Kurodani, decíamos.

Hay un muy pequeño caminito cercado por muros y verde que conduce a una pequeña colina. En esta colina encuentro un cementerio hacia el este, que parece ser bastante nuevo. Siguiendo las indicaciones -en japonés exclusivamente, cómo no- sigo avanzando mientras dejo a mi derecha más camposantos. ¿Dónde me he metido? Sigo avanzando y encuentro una serie de edificios budistas y gente vestida de negro, coches elegantes de negro, un ambiente más o menos solemne. Creo que aquí no es. Hasta que me paro a pensar un poco: kurodani se compone de dos kanjis,el primero significa negro –kuro– y el segundo valle –dani-… Valle negro, valle de la muerte. El kurodani es un templo budista dedicado a los muertos.IMG_20151020_133241El ambiente solemne y triste no es óbice para que acceda al templo. Es otro de esos templos budistas de descalzarse y nada de fotos. Transmite paz y tristeza, tranquilidad y resignación. Dan ganas de sentarse de rodillas y descansar con los ojos cerrados durante unos minutos -u horas-, dudo mucho que los monjes que atienden el lugar me dijeran lo más mínimo. Hay un caballero mostrando el templo a lo que parecen ser unos dolientes, todo muy ceremonial. Hay que vivir esto para entenderlo un mínimo. El tiempo apremia, el cansancio se acumula y la ruta aquí acaba. He de volver.

Hay unos cuatro kilómetros desde el kurodani hasta mi hostel, he visitado todos los PIR en un radio de 3 kms a la redonda y no he preparado otra ruta de antebrazo, pues imaginé que todo lo que he visto hoy me llevaría más tiempo. Así que, entre el comodín del tren y el comodín del paseo junto al río, elijo el paseo junto al río. La temperatura es deliciosa, y el melanoma fresquito que estoy criando en la cara, por el buen tiempo, me está pidiendo que le alimente. A caminar junto al río.

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Mucha gente en bici pasa junto a mí, alguno que otro caminante. Al otro lado he visto incluso a ancianos jugar a la petanca -¿japonesa o española?- Gente tumbada en la rivera, o chavalas tomando el sol bajo el parasol -en fin…-. Paz y tranquilidad en una ciudad de un millón y medio de habitantes. Gente civilizada. El camino dura una hora, pero es pura relajación con el sol acariciándome la piel y el viento refrescándome eventualmente. Regreso al hostel con unas “patatas” fritas con sabor a pollo, ahora más grandes. Llega la hora de descansar, mañana cambio de ciudad y a punto de dejar el país.

Tsugi ha -> próxima parada: Nara, el gran gran templo.

El número del día de hoy es: el 3.

¿Sabías qué…?

  • ¿… no existe el oficio de barrendero al estilo como lo conocemos en España?
  • ¿… no hay papeleras públicas, salvo junto a las máquinas expendedoras de bebidas?
  • ¿… hay un día concreto de la semana para recoger un tipo concreto de basura? Un día papel de periódico, otro envases de tetrabricks o de patatas fritas, otro de órganicos, otro de telas. Y si encuentran en el paquete algo que no corresponda -porque deben ser bolsas transparentes-, te lo dejan donde estaba.
  • ¿,,,pese a todo lo anterior, las calles están limpias como los chorros? Gente civilizada. Me gustaría traerme a un grupo de malagueños del barrio de “el Palo”. Una semana, no hace falta más. Con una semana pudren una ciudad entera.

Hoy he visto mi primer:

  • Accidente de tráfico. Una moto ha golpeado un poco a una bicicleta.
  • Intervención policíaca. Un policia ha parado a un joven en bicicleta, al que ha hecho varias preguntas, y el joven huía la mirada. Le ha detenido el vehículo para una investigación adecuada.

Un cateto otaku en el país del sol naciente (VIII): Toma templo. Los dos almuñequeros.

19 octubre 2015

Si todavía no lo habéis vivido, o nadie os lo ha dicho, o creéis que es una leyenda urbana, yo os lo puedo confirmar: los tapones para los oídos son el mejor invento de la historia de la humanidad. Después de la escritura, la rueda, el fuego, la imprenta, la electricidad, la cama, el ordenador, el water, y el paloselfie -el palo selfie porque te permite localizar a un gililpollas sin necesidad de oírle hablar-. Esta es la primera noche que duermo de un tirón y como un completo lirón ocho horas completitas. Llego a ponerme un antifaz y yo creo que me despiertan el día del juicio final. Hoy he amanecido algo bastante más tarde, a las 7 y 10 de la mañana he empezado a pelearme con la quincalla electrónica que me he traído para documentar el viaje.

Después de un opíparo desayuno para afrontar el largo día, me he peleado otro rato más con la informática -están muy muy rebeldes los ordenadores desde anoche- hasta que ha llegado la hora de encontrarme con Toni, mi segundo enlace en Japón -recordaréis a Emisan en mi primer día y la odisea, que no he contado, hasta lograr encontrarla-. En este caso no ha sido tan dramático, porque la estación de tren de Kyoto tiene red wifi gratuita, a precio de registro con una dirección de correo y punto. Tras el saludo de rigor occidental, nos encaminamos a nuestra primera visita.IMG_20151019_114014El complejo de Fushimi Inari Taisha. Este PIR es otro lugar de “turistas a patadas”. Hay muchos, muchos, pero muchos. La peculiaridad del mismo es que hay cerca de dos mil arcos del shinto, los torii -en la foto puedes ver como hacen una especie de pasillo-. Cada torii ha sido donado por una persona, familia, e incluso empresas, para favorecer los negocios, pedir algo, o solo dar las gracias. Son todos iguales en forma y color, que no tamaño. Así de grande es lo que pides o lo que das las gracias -o lo que puedes pagar-, así es el torii que se instala. Los hay de todos los tamaños, pero se tiende a colocar los del mismo tamaño juntos. En el torii viene en un lateral grabado el nombre de aquella entidad que lo dona.

Todo  el complejo de Fushimi Inari Taisha es una colina enclavada en el sureste de Kyoto, pura naturaleza, y llena de pequeños caminitos y cuestas en escalera de apenas un metro y poco de ancho. Basta decir que las aglomeraciones son habituales, puesto que este ancho viene determinado por el ancho de los torii del tramo en concreto. Entre tramo y tramo, y a nuestro alrededor, vegetación lujuriosa, y ordenadamente, japonesa.

IMG_20151019_120425Entre cuestas escalonadas, giros y regiros, cada cierta distancia puedes encontrar paradas de este estilo. Nótese la figura del kitsune -zorro- con algún ornamento de color rojo colgado al cuello.

IMG_20151019_130548El recorrido principal está trufado de estos pequeños santuarios, o altares. Hay muchos, como tiendas enclavadas junto al camino principal de escalones y toriis. Desde luego, esta gente no pierde comba. Después de seguir por todo el camino como buenos turistas, hemos tardado unas dos horas largas en finalizar todo el recorrido, y tenemos las piernas cargadas de subir y bajar escalones .de verás, hay mucho escalones-. El hambre empieza a roernos un poco y nos encaminamos al más cercano, y conveniente PIT, sin dejar de pasar por el bar de España preceptivo, que los prejuicios no se pueden perder.

IMG_20151019_134713Panda de catetots… Lo que estamos buscando es el mercallo de Nishiki, apenas una calle que atraviesa dos manzanas y está cubierta -no quise mirar hacia arriba, pese a que el lugar estaba pulcramente dipuesto, incluso con el trajín de turistas. La variedad de mercancias va desde los dulces puramente dichos -100 gramos de gominolas 500 yenes-, hasta restaurantes, pescaderías, verdulerías y venta de encurtidos de verdura.

IMG_20151019_140309Por todas partes escuchamos el irasshaimaseeee de rigor, dando la bienvenido a sus negocios o llamando la atención. Aquí hay de todo un poco, muy turístico, pero a unos precios de chalados. Es demasiado caro para plantearse comprar algo. Después de dar una vuelta decidimos entrar en el primer restaurante cutre que vimos, con su carta en inglés.

IMG_20151019_142559En mi caso es un bol de udón con tamagoyaki, brote de cebolleta y curry. Pica, pero está muy sabroso. Cuando le meto mano con ansia homicida, descubro a las bravas por qué los japoneses hacen tanto ruido al comer el udón, o los soba, sorbiéndolos con sonora desvergüenza. Están muy calientes. Pero ricos. Me cuenta Tonisan que los japoneses comen platos de estos haga invierno glacial o infierno solar. Ciertamente el lugar es típico y representativo de cómo comer bien por poco dinero. Acabamos y procedemos a marchar a la siguiente visita, pero no sin parar antes a por un postrecito.IMG_20151019_151032

La cosa rosita es, ni más ni menos, un helado de nata y fresa.¿Que qué tiene de especial? La nata es el fondo de la copa, y es una mezcla entre nata montada y helado de nata montada. Encima de ella, se encuentra una masa de hielo picado muy muy fino, de tal manera que parecerían copos de nieve recien caida, bañada con chorreones generosos de un delicioso sirope de fresa. En lo alto hay trocitos pequeños de fresa congelada. Al principio parece que estés comiendo esquirlas muy pequeñas de hielo, pero cuando empiezas a llegar a la fresa y la mezclas con la nata… Es un sabor totalmente peculiar, pero muy sabroso.

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Esta es la puerta del santuario de Yasaka. Por alguna razón, y pese a no ser un lugar de “turistas a patadas” hay mucha gente. Mucha gente. No lo entiendo, deben de ser las tres de la tarde, y es lunes, pero está muy concurrido. Imagino que la concurrencia puede ser también a que esta es una zona donde se pueden ver a muchas mujeres vestidas con kimono, y cerca hay varios sitios donde las maiko -aprendices de geisha– celebran diariamente ceremonias del té y bailes para los turistas que puedan permitírselo.

IMG_20151019_163135Nos dirigimos a Kodaiji, de camino a Kiyomizudera, y cual es nuestra sorpresa que se encuentra cerrado. Parece ser normal que a veces los cierren sin explicación ninguna, así que, con resignación, tomamos algunas fotos por encima de los muros del recinto y nos acercamos al templo de la diosa del agua. Por el camino, y sin proponérnoslo, pasamos a lo largo de la sannenzaka, una cuesta flanqueada por tiendas de omiyage -souvenires- y comida -ya dije en su día que había comida por todas partes, Kyoto no es una excepción-. Aquí la cantidad de turistas occidentales y de mujeres en kimono es bastante superior a la media.IMG_20151019_165100Llegamos a Kiyomizudera, otra visita obligada de la guía “turistas a patadas”. No es que sea gran cosa, son apenas tres o cuatro edificios del shinto, pintados de color naranja -tienen alguna cosa rara con ese color, debería de investigar-, pero hay una campana gigante y, al encontrarse a una altura elevada, tiene una vista de Kyoto bastante impresionante.

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El día se acaba, es poco más de las cinco de la tarde y hay que regresar hasta la estación de tren de Kyoto a acompañar a mi colega de andanzas hoy. Por el camino de vuelta tenemos la inmensa suerte de ver un caso de teleportación espaciotemporal justo ante nuestros ojos. Contemplad… ¡La calle bikini de Almuñécar!

IMG_20151019_171341Nos decimos adiós, no con muchas ganas de despedirnos, pero yo estoy muy cansado y él ha de regresar en un trayecto de tren bala de 45 minutos -aproximadamente unos 200 kms en su tipo de shinkansen-. Definitivamente, las penas compartidas son menos penas.

Mañana: Kyoto este.

El número del día de hoy es: el 3.

Hoy he visto mi primer:

  • Camión de la basura.
  • Callejón con olor a meados.
  • Baño con olor a sucio -hoy ha sido el día de la escatología primeriza-.

¿Sabías qué…?

  • ¿…no son pocas las mujeres japonesas que, para evitar la acción de los rayos de sol sobre su piel, caminan con parasoles? Es más, en los casos extremos, van a pasear con parasol y guantes de brazo completos, pese a llevar solo manga corta. El país de los extremos, hoyjan.
  • ¿… en las calles de más de un carril por sentido está permitido parar el coche, siempre y cuando permanezcas a su lado o estés dentro del mismo? No es raro encontrar a gente parada junto a la acera, dejando el otro carril libre para la circulación, mientras hablan por teléfono, consultan la agenda o el móvil o, simplemente, echan una cabezadita.

IMG_20151013_154542Yo lo llamo el descanso del samurai.


Un cateto otaku en el país del sol naciente (VII): Toma templo. Kyoto Noroeste y centro.

18 octubre 2015

El sol me saluda galantemente como un samurai saludaría a una mariposa con la punta de su katana, lenta, pero inexorable, arrancándole la vida como a mí me ha arrancado de los brazos de Morfea-en mis sueños Morfeo es una hembra-. Son las seis de la mañana, y me cago en toda la diferencia horaria y la madre que nos parió por ser tan imbéciles de tener la hora artificialmente atrasada. Todavía quedan dos horas para poder acceder al buffet -necesito meterle combustible al motor para lo que me espera, y para eso lo contraté-, así que me desperezo un poco, y marcho al lounge a hablar con la gente que sigue despierta -recordad, niños, es siete horas menos, eran apenas un poco después de las 11 de la noche-.

Haciendo tiempo, cargando aparatos electrónicos, preparando por enésima vez la ruta de hoy con autobuses, trenes y metros -total, al final me la voy a pasar por el torii, y voy a terminar yendo a tracción animal-, y dan por fin las 8 de la mañana. Al condumio.

IMG-20151018-WA0001Sé que estoy en un país diferente, con unas costumbres culinarias distintas, adecuadas al clima y los alimentos de los que dispone el común del ciudadano. Pero yo, por la mañana, necesito lácteos, necesito hidratos de carbono, necesito comer mucho. Así que me metí tres café con leche en el cuerpo y dos platos como el arriba mostrado, porque hasta la hora de la cena -espero que a hora japonesa de una vez, por favor- no iba a ingerir más alimentos. Otra cosa es el agua de la que me bebo a diario cerca de tres litros. Me llaman caballo…

IMG_20151018_093344A las 8 y media salgo disparado a mi primer Punto de Interés Richardístico: Daishogunhachi jinja, un altar en medio de la nada, pequeñito, pero que alberga algo interesante. Hoy tiene lugar el Daishogun Matsuri, una celebración shintoista recordando a un antiguo shogun de cuyo nombre no tengo conocimiento. Para ello se juntan varias decenas de “costaleros” que serán los que porten los omikoshi. Los omikoshi son una especie de altares portátiles con varales para llevarlo por los creyentes y conmemorar lo que tenga lugar de acuerdo al shintoismo. Les acompañan tambores, uno o varios voceadores y unos agitadores de algo parecido a totems con guirnaldas típicas del shinto abriendo la comitiva. Helos aquí: los omikoshi.

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Guiado por mi GPS guguel mapes, aparezco en una bocacalle y encuentro el pequeño altar, pero no veo mucho movimiento, así que me acerco a un hombre que hay trajinando en esta deliciosa mañana de domingo en su fachada y le pregunto en un japonés perfecto si esta mañana tiene lugar una ceremonia con un omikoshi. Y me responde, en un inglés entendible de tres palabras: “Entrada, siguiente calle”… En fin, aprende japonés durante tres años y aprueba el nivel 4 del Nihongonoryokushiken, para esto. Agradezco la ayuda y encuentro la puerta.

IMG_20151018_093412 Empieza la ceremonia a las 10.00 en punto, con el sonido de un taiko -lo tengo grabado, esto ya a la vuelta- que tiene un algo de evocador, aparecen unos sacerdotes y agitan unas ramas con papeles atados a ellas delante de los omikoshi, a continuación se introducen en el altar y comienza propiamente la ceremonia con cánticos, y sonidos típicos. Son las 10:30 y no puedo esperar más, mi día promete ser muy largo, así que, de nuevo a tracción animal, retomo mi camino al Kinkakuji.

IMG_20151018_112733El templo dorado, una de las visitas obligadas según la guía de “turistas a patadas”. Conforme me voy acercando, la cantidad de cachos de carne con ojos que pululan en el mundo kenbutsu se incrementa exponencialmente. Pago la entrada y me zambullo en el río de visitantes que fluye más mal que bien de un lado a otro, según una ruta previamente establecida -bendita inocencia-. Hay señales y textos de explicación para todos los gustos pero, dadas las circunstancias, y de acuerdo a lo que me veo rodeado, la que más me gusta es esta.

IMG_20151018_112323Me da pena, mucha pena, que durante grandísima parte del recorrido lo único que desee es tener un gran, hermoso, flamante, y ardiente, lanzallamas estilo Ripley con combustible infinito, y empezar a purificar infieles. El fin del mundo vendrá y aún habrá algún gilipollas posando para el final de los tiempos con un palo selfie: “¡Mira, mamá, 500.000 toneladas de meteorito en trayectoria de colisión con la tierra, y yo en primer plano!”. Decido dejar de mirar, y continúo la ruta establecida haciendo fotos a todo lo fotografiable… ¡como esto!

IMG_20151018_121944Las míticas carpas que se alimentaban de caras y de fotografías. En serio, que estaban posando.

Abandono a la grey de esclavos del paloselfie -os purificaré, os purificaré, os purificaré, el Dios llama y flama os purificarán de mi mano- y me encamino a mi siguiente PIR. Ryoanjin.IMG_20151018_121353El complejo de Ryoanjin se rodea de árboles y un lago enorme en el que carpas, grullas y patos conviven tranquilamente. Este complejo es conocido por su jardín de rocas, que no es otra cosa que un patio cerrado junto al edificio principal que está lleno de… gravilla.IMG_20151018_122640

Se agradece el cambio para calmar las ansias homicidopirómanas del kinkakujin. Paseo apaciblemente y de fondo oigo los canticos y tambores de la comitiva del omikoshi. Me temo que no me va a dar tiempo a verla. Acelero el paso entre pinos, árboles de bambu, y otras especies que desconozco, hacia el próximo PIR.

IMG_20151018_130259La pagoda de cinco plantas de la foto de arriba pertenece al complejo de Ninna-ji, otro recinto budhista, pero en este caso cuidado y usado por monjes. No puedo contaros mucho al respecto, porque, para los legos como yo, todos se asemejan entre sí y los asiáticos son dados a la variedad a través de los detalles. La cosa curiosa es que, la pagoda que veis en la foto, al contrario que la mayoría, a simple vista parece que todas sus plantas tienen el mismo tamaño.

El tiempo apremia, y todavía he de ir a dos lugares más de mi lista del día. Emboco la calle justo enfrente del Ninna-ji y desciendo rodeado de viviendas de dos plantas. Qué diferencia respecto de Tokyo, en todo. Al cruzar una esquina, y pasar junto a un corrillo de madres que al verme no pueden evitar quedarse mirando y sonreir cuando saludo con la cabeza, me topo con una comitiva de un omikoshi, cuyos porteadores, que no paran de gritar banzai al ritmo del jefe de la  comitiva con su megáfono… son niños -vídeo al volver-.

IMG_20151018_132919Sigo andando, entre viviendas y gente que me mira como si fuera raro –gaijin grande, peludo, feo, con la cara como una lombarda por la exposición al sol, y que parece perdido como Marco en el día de la madre- y llego a la estación de Hanazono –lit: jardín de flores- a coger el tren a mi siguiente PIR. ¿Que por qué menciono esta estación? Porque encontré un libro de reglas de un juego al que yo he llamado “Pínchale en el ojo”.

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El juego consiste en pincharle en el ojo al que tienes detrás, sin mirar. Habilidad y dedicación, solo aptas para japoneses… Continúo.

IMG_20151018_141202El castillo de Nijou-jo. Antiguo centro de poder de los shogun feudales, el castillo de Nijou-jo era la residencia del shogun durante la edad media japonesa. La planta del recinto es totalmente cuadrada, coronada cada una de sus esquinas por la torre que se puede ver en la foto. En este aspecto, aparte de residencia se podía considerar fortaleza, con un foso relleno de agua rodeando todo el perímetro, un único acceso, y otro recinto interior amurallado con el grueso de los edificios y la residencia del shogun.IMG_20151018_145124Esta es una foto del exterior, dado que en el interior no nos dejaban tomar fotografías y había que entrar descalzo. La residencia es enorme, enorme, con los diferentes pasillos de madera, no enrasado cada listón con el siguiente para poder ver qué -o quién- hay debajo, y sin estar totalmente pegado a sus cimientos, de tal manera que se quiera, o no, se hace ruido sí o sí al pisar por encima -estos nipones ya estaban en todo hace ocho siglos-. Cada habitación tiene su propósito específico, como salas de espera, salas de recepción, de audiencias, o las propias salas de vivir del shogun. Merece mucho la pena visitarlo si venís a kyoto, pese a ser otro punto “turistas a patadas”. Siguiendo a dos japonesas de buen ver, abandono el recinto en camino a mi último PIR del día.

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Esto es lo máximo que vosotros, y yo, vamos a ver del palacio imperial de Kyoto. Sospecho que, al igual que su amiguito de Tokyo, el palacio imperial solo tiene ciertos días muy específicos de visita. Es más, si no me falla la memoria, tiene una fundación específica a la que hay que acudir para que te informen acerca de todo lo referente de su posible visita. No obstante, el palacio imperial se encuentra rodeado por un parque GIGANTE de 700×1300 metros en planta, que hoy está trufado de gente que pasa plácidamente las últimas horas de sol en Kyoto, pasea con sus perros, o simplemente le grita a una de las puertas del palacio imperial -es lo que tiene vivir en un país de 130 millones de criaturas y tan poco espacio, te tienen que aparecer sonados sí o sí-. Muy a mi pesar, y con el camino dado en balde, abandono el parque, con los pies clamando por un intercambio de compañeros. El descanso apremia.

Mañana: Toma templo, dos almuñequeros en Kyoto.

El número del día es: el 65.

¿Sabías qué…?

  • ¿…los edificios no tienen planta baja? En el lugar en el que debería estar grafiada la planta baja, en sus ascensores o carteles, está la planta… primera. ¿Quién está equivocado, ellos, o nosotros?
  • ¿…se tarda aproximadamente unas dos horas en ponerse un kimono? Está repleto de capas y capas como una cebolla, sin contar las diferentes piezas, pero puedo aseguraros que impresiona verlas a ellas vestidas de esa guisa. No me quiero imaginar qué pasa si a la pobre mujer le dan ganas de mear…

Hoy he visto mi primer:

  • Saludo físico entre japoneses con un entrechocar de manos.
  • Japonés hablándole a un poste de la luz -sí, sí, no es cachondeo, se paró, y se puso a hablarle en voz baja al poste de la luz-
  • Paso a nivel ferroviario. Me comenta un amigo que es muy común en ciudades más pequeñas -no evidentemente en Tokyo-

Un cateto otaku en el país del sol naciente (VI): De lo nuevo a lo viejo. Del cuarenta al uno.

17 octubre 2015

El cielo llora mi partida a las ocho menos diez de la mañana. El tiempo ha volado, mis pies se han fundido con el asfalto y mis ojos han ardido con las luces, la velocidad, la inmensidad y el tumulto de la urbe de urbes -mierda para nueva york y sus ocho millones de nada-. Abandono Tokyo, vía Yamanote Line, voy a echar de menos las líneas de tren tokyotas. Bajo en la estación de Tokyo central y, por primera vez de verdad, me invade el desánimo… ¿Dónde demonios reservo mi billete para kyoto, y qué anden es? Se supone que está señalizado todo, y lo está, pero solo veo gente fluyendo alrededor del gaijin grande y feo que está parado con la mandíbula desencajada y la vista perdida. Como por ensalmo me coloco en una línea sin apenas gente esperándome y voilà!, tengo reserva. Me meto en una fila de tornos, y una japonesa de la estación me asalta y dice que esa no es. Elijo la buena, y ahí está esperándome la bala blanca.

IMG_20151017_083016Los shinkansen son la alta velocidad japonesa. En el caso de mi tren es la línea 700, pero solo alcanza los 230 km/h. El trayecto desde tokyo a kyoto han sido unas dos horas y cuarenta y siete minutos, con varias paradas entre medio. Por el trajín de gente casi parece un tren normal y corriente de las líneas metropolitanas de Tokyo, pero aquí no hay quien se cuele, el revisor pasa cada tres por cuatro -doce… humor inteligente, niños-. En un salto que ni me he dado cuenta -la consola ha ayudado la verdad, y que, con la bobada de no entender a la señorita de la reserva de asientos, me ha tocado pasillo- me encuentro en Kyoto.

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Seguridad y eficiencia japonesas -están de obra delante de la estación de kyoto…deformación profesional-. Aterrizo por la salida equivocada y me toca dar la vuelta entera a la estación para dirigirme al hostel. El cambio es importante, he pasado de una metrópoli de 40 millones de habitantes a una ciudad de apenas millón y medio -censo de 2010-. Es un cambio radical, en todos los aspectos.

IMG_20151017_123746Estoy en el salón comunal del hostel, aquí el que más y el que menos se para a comprobar el correo, charlar con los acompañantes, comer cualquier cosa traída de fuera o… cocinar. Mañana me iba a poner a cocinar yo estando de viaje, en un país como japón -a mi mente solo me viene una expresión tan granaina como malafollá: “sí, ¡y una po…!”. En la radio suena música pop yanqui. En fin.

Llego al hostel y sorpresa tras sorpresa. El equipo del local habla un más que decente inglés, pero que muy decente. Dan las instrucciones claras y concisas, eficientes y serviciales, un gustazo. Como he llegado mucho más temprano de la cuenta, no puedo hacer check-in todavía, pero sí puedo dejar la maleta -el muerto-. Dejo el equipaje y pregunto al responsable que me ha guiado donde se puede comer por aquí. Me indica tres sitios, y voy al más cercano a uno de mis lugares de visita.

IMG_20151017_125022Es un local pequeñito, sin ni siquiera aseo, con una barra en forma de U donde se sientan los clientes, y tres mesas. Leo en un cartel niku matsuri -literalmente, festival de carne-, y pregunto por ello en japonés… Esto es algo que me ha pasado más de una vez ya. Le hablas a un japonés en su idioma, una frase normal o simple, porque más no manejo, pero comprensible… Y te miran como si fueras marciano, no articulan palabra y al final terminan respondiendo diciéndote una palabra en inglés relacionado con lo que les has preguntado. En esta ocasión no falla, así que me trae una carta con los platos también en inglés. Señalo el bol de arriba, base de arroz con carne de ternera en tiras, una salsa que vete tú a saber, cebolla guisada y queso fundido. Tamaño L… No puedo expresar con palabras el placer que he sentido comiéndome ese preparado de fast food japonés -ya quisiera yo fast food así en occidente-, solo decir que he tenido que contenerme la cara de puro goce.

Ahíto después de ese festival, me dirijo a Higashi Gonjan, el primero de los dos templos gemelos que hay cerca de la estación de tren de Kyoto. Es una pena, porque se encuentra en medio de reformas y hay maquinaria y andamios rodeando dos de los tres edificios, pero el central y más grande está libre. Aquí llega mi momento gaijin ignorante. Subo las escaleras, doy unos 7 u 8 pasos y me percato de algo raro… Soy el único visitante en el templo que lleva calzado. Como el que no quiere la cosa bajo, cojo una bolsa, me quito las zapatillas, las meto en la bolsa, y aquí no ha pasado nada.

IMG_20151017_131435Este templo, y su vecino Nishi Gonjan, son templos budistas. Por lo que parece ser, en los templos budistas hay dos cosas que no están permitidas. El calzado, y echarle fotos a Budha. De hecho en el primero, como todavía estaban liados con las obras, han olvidado poner los carteles de aviso que sí que existen en los otros, así que cuando he sacado mi móvil y he enfocado al Budha, un vigilante de seguridad me ha mirado y ha empezado a hacer el gesto de no. ¿Móvil? ¿Qué móvil? Lo he guardado a velocidad ultra. El suelo es de tatami, hay gente aquí y allá sentada, o rezando. El aroma a incienso espesa el aire. Es un ambiente que invita a dejarse relajar y olvidar por unos momentos el ritmo de la vida. Tengo que abandonar este estado de semiletargo, así que marcho a mi siguiente visita.

En una esquina del salón comunal hay un grupo de yanquis, o hijos de la gran bretaña, o la madre que les… Me quejo de los españoles y su mala educación, pero los yanquis estos están a grito pelado jaleando unos vídeos -que no están precisamente en voz baja- que les enseña uno de ellos con su móvil. Malditos demonios extranjeros.

IMG_20151017_135849Nishi Gonjan. Desgraciadamente poco o más hay que contar de este templo, es muy parecido al anterior -Nishi y Higashi significan oeste y este, respectivamente-. En el momento de mi visita hay un grupo de alumnos guiados por amables señoritas -sí, hamijos, alumnos japoneses vestidos de clase un sábado… hay que empezar pronto el Karoushi-, y se escucha en el templo central música de órgano, seguida de cánticos. Se está celebrando una ceremonia budista. No puedo pararme para mi desgracia, el tiempo apremia y aún me quedan lugares que visitar antes de cerrar por noche.

IMG_20151017_151254Bajando por la avenida del Nishi Gonjan, a un kilómetro aproximadamente se encuentra el Kyougokokuji Kondo, otro complejo budista, rematado por la torre de arriba. Este en concreto tiene un recinto, de un aspecto muy parecido a los Gonjan gemelos, pero en su interior hay algo más distinto. Aparte del Budha gigante, nos encontramos dos estatuas de sendos dioses budistas, y un ejército de estatuas guardianas. Como en los gonjan, el ambiente es silencioso, tranquilo, y con aroma a incienso, pero no se puede uno parar aquí. Es una pena la ausencia de cámaras para inmortalizar, pero es digno de ser visto, porque no se puede explicar. Doy un par de vueltas, curioseando el escenario de un concierto que parece tendrá lugar no a muy tardar, y marcho al siguiente punto de interés.

Estoy callejeando hacia Sanjuusangendo, y la sensación no puede ser más distinta del Tokyo que he dejado atrás. Calles estrechas, calles anchas, la gente sonríe, ¡incluso al gaijin oso!, apenas hay coches. Y a tan solo dos manzanas de la estación de tren de Kyoto. Imagino que el Kyoto gigante o descomunal está en otro sitio. O no. Camino y camino hasta alcanzar mi objetivo.

Sanjuusangendo es un complejo amurallado formado por un único edificio que alberga un ejército de budhas guardianes de 1.000 figuras todas diferentes, pero iguales. Se dice que estos 1.000 budhas guardianes adoptan 33 formas diferentes de acuerdo a los tallistas que lo realizaron en el siglo XII. Además del ejército de budhas perfectamente alineados, hay tallas de otros dioses budistas, cada uno de ellos representando un aspecto de la religión, y la correspondiente figura gigante de Budha. Las fotos y móviles también están prohibidos, reservándose incluso la organización la potestad de revisar las cámaras a la salida. Uno podría pensar que es para vender tarjetas o libros de visita con las imágenes, pero no hay tal cosa. Simple y llanamente, no se pueden reproducir.

IMG_20151017_165351 IMG_20151017_165554Salgo corriendo pues una campana gigante anuncia la pronta hora de cierre. Tengo que volver al hostel, comprobar como es la habitación, ducharme -ducharme… baja forma de limpieza solo apta para demonios gaijin ignorantes… ¡quiero mi onsen!- y organizar los asuntos para mañana.

Próximo día, Kyoto: toma templo.

El número del día de hoy es: el 7.

Hoy he visto por primera vez:

– A un japonés cruzando de cualquier manera por en medio de la calle.

– Un japonés llevando una camiseta de Star Wars -soy friky, ¿pasalgo?-

– Un japonés con los pantalones “cagaos”. Será por modas que copiar…

– Un japonés en carricoche eléctrico para minusválidos o gente muy impedida.

– Una cucaracha… ¡en mi taquilla del hotel cápsula!

¿Sabías que…?

¿… los números 4 y 9, en japonés, se pueden leer shi y kyuu, que tienen relación directa con términos funerarios? Tal es así que, en los hospitales no hay habitaciones que terminen en 4 y 9, ni hay plantas cuarta y novena. Es más, en el hotel cápsula en el que estuve en Tokyo, no había cápsulas numeradas finalizadas en 4 ó 9.


Un cateto otaku en el país del sol naciente (V): osakana, el dios del sushi.

16 octubre 2015

Ayer estuve todo el día jugando a un juego que he llamado “mela mela”. Consiste en lo siguiente. Sales de cualquier lugar con temperatura de personas y, dependiendo de si estás al sol o a la sombra, te la quitas la rebequita, o te la pones la rebequita. Hacía un sol de justicia, apenas alguna nube, pero el viento era fresquete, entonces me tiré todo el santo día hasta que anocheció, poniéndome y quitándome la dichosa rebeca.

Hoy he jugado al mismo juego, pero con un nombre diferente “loa loci”. Es el mismo juego, el mismo juego, pero hay que cambiar varias cosas. Donde antes poníamos o quitábamos, ahora hay que abrir y cerrar -y a veces hasta guardar-, y donde antes teníamos una rebequita, ahora tenemos un paraguas retráctil tamaño mini, obsequio de un sarariman esta mañana cuando me veía salir a la calle sin paraguas -para que digáis que no hay gente maja en Tokyo-. Mi día se presentaba oscuro, frío, y lluvioso, ideal para patearte otra vez dos barrios. En fin…

Toca dirigirse al barrio de Minato -en japonés puerto- donde están enclavados, entre otros, el mercado de pescado de Tsukiji, el Tsukiji Gonjan, y el hamarikyu garden, entre otros. Cojo mi preciada Yamanote Line de la línea JR de tren, y me apeo en la parada de Yurakucho. Llegar hasta el mercado es un trecho, así que calle para abajo me encuentro en medio de esto…

IMG_20151016_102726Estoy en medio de Ginza, el barrio del dinero, de las compras caras, y de las marcas occidentales de “diseño” que venden sus productos a precio de oro. Mis pies no tienen ni el tiempo, ni las ganas, de dar vueltas por cosas que me interesan lo más mínimo. Sigo bajando rodeado de rascacielos por todas partes, me cruzo con un bar curioso y, de pronto, toda esa suntuosidad moderna con aroma occidental se hace mistos.

IMG_20151016_103639Contemplad -voz estentórea con eco- “el mercado de Tsukiji”. Es el mercado de pescado del puerto de Tokyo. En este lugar, a las 5;15 y a las 6:00, de la mañana, se realizan sendas subastas de pescado recien capturado. A continuación están los diferentes negocios, compras y ventas, puestos y gente trajinando de un lado para otro mientras mueven cantidades ingentes de pescado fresco. A partir de las 9, se abre el mercado oficialmente para el resto de usuarios, y es donde se monta la de Dios…IMG_20151016_110729IMG_20151016_110747Hoy, como ya he contado, estaba frío y lluvioso, y no era un día apacible para el turismo, pero aún así había gente para colapsar alguna que otra calle. El mercado de Tsukiji es de unas dos o tres manzanas cuadradas, repletas de pequeños puestos de pescado fresco, envasado al vacío, seco, amojamado, cocinado, aliñado, y cualquier cosa que se le pueda hacer al pescado -o al pulpo-. Pero mi idea no era comprar, mi idea era otra muy distinta…IMG_20151016_104258Quería sushi, en el único sitio, en mi opinión, donde podía comerlo de manera más auténtica. En el primer local que encontré me metí corriendo -recordad, hacía frío, llovía, y me había quedado húmedo de jugar al “loa loci”-. Una zona de cocinado central, rodeado por un coliseo de cinta rodante infinita en el que eran depositados regularmente por los sushiman platos y más platos de nigiris, tamagoyaki, wasabi, etc. No podía resistirme, estaba en el séptimo cielo, así que me senté donde me dirigía mi muy amable anfitriona, dando a parar delante del que parecía el sushiman jefe.

Esto hay que vivirlo para entender lo grande que es… A cada cliente que entra los tres cocineros, con voz grave retumbante japonesa gritan “Irasshaimaseeee”, en el japonés del KillBill de Tarantino, mientras siguen preparando más y más platos. El sushiman jefe parece conocer ciertas palabras en inglés, y en una de las veces que estoy comiendo y no puedo evitar mi cara de éxtasis, me sonríe. Voy cogiendo lo que me parece, no voy a verme en una de estas en un tiempo, y termino pidiendo unos makisushis de makkata -no sé qué eran, pero tenían verde por dentro, una especie de hierba que los japoneses usan mucho para aliñar pescado, como si fueran ramitas de perejil cortadas muy pequeñitas, y un buen pedido de wasabi del bueno-. Me he tomado 10 nigiris y 6 makis, cuando hace apenas dos horas me desayuné otra salchicha en pan dulce. Tengo que parar o voy a empezar a dar vergüenza ajena con mi gula desenfrenada. Pago, y continúo mi camino hacia Tsukiji Gonjan.

IMG_20151016_112017Tsukiji Gonjan es un templo budhista. Este en concreto es bastante grande, pero lo curioso del mismo es que parece hecho con estética occidental. A la puerta me atiende un japonés muy amable que me acompaña al interior y me pregunta de donde vengo -en inglés, por cierto, con acento pero se le entiende sin ningún problema- y al decirle que soy español me entrega un folleto del templo ¡en español!, me explica que los órganos del templo son alemanes y por último me permite sentarme para ver una ceremonia budhista. Hay un monje frente al altar recitando cánticos y golepando un vaso enorme de metal que produce un sonido como de campana. Hay gente sentada, viendo en silencio, e incluso una criatura de pinta extravagante dando una cabezada. Al terminar la ceremonia marcho, para volver a jugar a “loaloci”.

IMG_20151016_120149Estoy en el Jardín de Hamarikyu. Más lujuria verde en árboles y cesped, pero con un pequeño toque diferente… El agua que llena los diferentes canales y lagos es, en parte, agua de mar. El jardín está justo al lado de la bahía de Tokyo, y hay dos compuertas que se manejan manualmente para dejar entrar, en la cantidad que sea precisa, agua de mar dentro del parque. Es una pena el día fastidiado que hace, desluce muchísimo, y apenas me habré cruzado con 10 personas en el mismo. Paseo sin prisa, pero sin pausa, y me marcho, muy a mi pesar, a mi siguiente destino.

IMG_20151016_132012Este es el templo de Zoujouji, otro templo budista. No puedo contar mucho de este templo, salvo que dentro parecen oficiarse ceremonias habitualmente, dado que hay un cartel que solicita que no se hagan fotografías durante las antedichas ceremonias. Hay varios sarariman sentados, en silencio, en las sillas plegables que hay frente el altar. La poca cantidad de gente le da al lugar un ambiente de recogimiento y meditación. Salgo afuera a mi siguiente punto destacado…

IMG_20151016_134547Hasta la finalización de la Tokyo Sky Tree, este monumento era el edificio más alto de Japón. Es una réplica de la torre Eiffel, y está pintada en los colores de Japón. Me estoy refiriendo a la Tokyo Tower, de 340 metros de alto. El complejo que la rodea es bastante más modesto que su sucesora, pero hay una “one piece tower” para los amantes del manga/anime.

Estoy cansado de jugar al juego del “paragüitas” y el pie derecho me está volviendo a fastidiar, así que desando todo el camino desde la Tokyo Tower hasta la estación de Hamamatsucho, pasando por el “Bar de España” pero evitando que se me quede la misma cara de gilipollas que el día anterior, al no entrar.

IMG_20151016_131516Puede que me arrepienta, pero no podré visitar el que iba a ser mi último punto de atención: Odaiba. Y su Gundam gigante… Toca volver al hotel.

El número de hoy es: el 7.

¿Sabías que…?

  • ¿… el cocinero de un bar de sushi nunca te cobrará? Es un error muy común entre occidentales que, al ir a pagar, acuden directos a la persona que les ha atendido con la comida. El sushiman no se contamina las manos con el dinero, hay que llamar a otros camareros que están para tal efecto.
  • ¿…no es raro ver a gente dando cabezadas en el tren? El japonés estándar no tiene tiempo para dormir por la noche, así que aprovecha para dar sus cabezaditas si alcanza a poder estar en un asiento.
  • ¿…los buffets libres en japón se llaman tabehodai? No funcionan como los buffets occidentales donde comes hasta reventar lo que haga falta. En los tabehodai se paga por el tiempo que vas a comer lo que puedas, no por el ingreso y la mesa del local. De este modo, hay locales donde puedes pagar más dinero -antes de empezar- para comer durante más tiempo. También he visto de ese tipo de locales dedicados a la cerveza.

Hoy he visto mi primer:

  • Bicicarro para perros
  • Rata, de cola larga, escondida entre unos arbustos
  • Casa de vagabundos, bajo un paso peatonal elevado
  • Una grulla, en Hamarikyu Gardens.
  • Gorriones, una bandada de unos 100 especímenes, también en Hamarikyu, comiendo del césped todos juntitos.

Bueno, este es mi último post largo sobre Tokyo. Mañana toca un viaje de tres horas en tren bala hacia Kyoto, la antigua capital imperial, y sus cienes y cienes de templos y altares.

P.S: ¡Más sushi, es la guerra!